Las bicis son para el verano

A las 5.30am salimos del hotel El Mirador de Paracas, a donde habíamos llegado en la víspera desde la Huacachina, con la 4×4 alquilada.

Boni, que había manejado todo el día, siguió jateando en el telo, mientras Clau y yo salimos en bici y Yei corriendo. Cada uno con un plan propio y que se iría replanteando.

Amanecía en la carretera que cruza la Reserva Nacional de Paracas, Clau iba adelante en su bici. Vi un primer desvío a la costa que llamó mi atención, como todo desvío hace conmigo. En el siguiente desvío me ganó el bicho de curiosear fuera del camino trillado.

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La trocha carrozable me llevó a La Catedral. Bajé de la bici y me puse a trotar una media hora por la playa. Había algo de gente en autos y carpas. Traté de comunicarme con Clau y Yei por celu: “vengan a la playa” era el mensaje que no les llegó. Con “vengan a la playa”  les quería decir algo de lo que ahora me percato: mi emoción por el paisaje nuevo y el descubrimiento.

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Seguí en la cleta hacia otras playas, un camino de bajada a una caleta me hizo dudar porque tal vez tendría que subirlo de regreso, pero lo bajé.  Y lo subí con tanto goce como esfuerzo. Dos tipos me saludaron desde una cuatrimoto, luego lo mismo un pata desde un auto.

Recorrí zonas que había conocido en mis años de operador turístico, pero esta vez en un vehículo a escala humana y a la fantasmal velocidad de la alegría. Era gusto puro y sin mayor razonamiento, estar en el presente. Impagable.

Antártida

Hace tiempo que pasó la Edad Heroica de la Exploración Antártica. Bien entrados en la Era Mecánica, el desierto helado sigue despertando fantasías. También en mí.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de nuestro país tiene, manya, una Oficina de Asuntos Antárticos, y el presidente Humala estuvo ahí hace poco con el buque Humboldt. Hasta se tomó una foto muy nuestra, muy huachafa, en shorts de corredor, para la posteridad.

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La posteridad, fantasma de alucinados que queremos dejar un legado. ¿Es en respuesta a una íntima necesidad de trascender mejorando alguito el mundo, o es un egocéntrico intento por tener mis cinco minutos y rozar, siquiera rozar, la posteridad?

Como sea, para allá voy. Iré auto descubriendo por qué quiero ser de hierro y por qué el imán es territorio tan austral.

Los escritores también corren

“No existe en ninguna parte del mundo real nada tan bello como las fantasías que alberga quien ha perdido la cordura”.

(Haruki Murakami)

El deporte y la literatura parecieran mundos excluyentes, pero hay libros como “De qué hablo cuando hablo de correr” de Haruki Murakami, que demuestran que el uno y la otra se pueden encontrar.

“De qué hablo….” es un libro que debe encantar a los runners pues es el manifiesto de un escritor avalado por el canon (cada año últimamente se le vocea para el Nobel) que relata de una manera sencilla su gusto por correr.

Es el itinerario vital del escritor exitoso y de un maratonista 3:30 que después de su apogeo a los 45 años empieza a tener una merma en sus tiempos de carrera, y la va aceptando como algo natural (si practicase CrossFit un par de veces a la semana estoy seguro de que sus tiempos se mantendrían por más tiempo.)

Después de correr una ultramaratón de 100k, Murakami experimenta lo que él llama “the runner´s blue”, la depresión ex-post que muchos deportistas sienten, con la diferencia que este sentimiento acompañará acompañará al escritor por siempre.

No solo maratonista, haber crecido cerca del mar lo hizo un buen nadador, así que de vez en cuando participa en triatlones.

Todas estas cuestiones atléticas, el autor nacido en Kyoto -ciudad que he visitado mochileando- las relaciona con su mundo creativo. “Corro, luego escribo” parece querer decirnos en su librito. “Librito” porque es breve y porque no tiene mayores pretensiones que hacer públicas sus memorias.

Me sorprendo a mí mismo analizando los datos que Murakami registra sobre sus entrenamientos, como si fuera, y no lo es, un libro técnico de periodización para maratones. Lo imagino corriendo en Tokio, Nueva York y Atenas, y provoca acompañarlo por lo menos con la chela Samuel Abbott que se toma después de una carrera.

Chéveres la simpleza de su entrenamiento que consiste básicamente en correr y unas cuantas sesiones de stretching asistido, y su mirada hacia una tarea de esfuerzo repetitivo como correr a diario (o seis veces a la semana). Escribe:

“…el acto de correr fue integrándose en mi ciclo vital hasta formar parte de él, igual que las tres comidas diarias, el sueño, las tareas domésticas o el trabajo”.
Simpatizo sin remedio cuando dice que:

“Lo más importante que aprendemos en ella (en la escuela) es que las cosas más importantes no se pueden aprender allí”.

Cuando corrió una solitaria maratón precisamente en Maratón, escribe algo que tenemos presente quienes andamos por la vida jugando con fantasmas.
“En un café del pueblo de Maratón me tomo una cerveza Amstel todo lo fría que quiero. Por supuesto, está buenísima. Pero la cerveza real no está tan buena como la que yo imaginaba y ansiaba fervientemente mientras corría. No existe en ninguna parte del mundo real nada tan bello como las fantasías que alberga quien ha perdido la cordura”.